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Que en 1931, se bendijo la nueva imágen de San Miguel y también, como no, para que borráramos las imágenes de aquellas matazones. Que en 1933 se estrenó el altarcito de la Beata Imelda para pedirle que omitiéramos de nuestra triste vida de guerrilleros la figura de los huecos hechos a mano limpia para escondernos de la masacre, y para olvidarnos de la sed, del hambre y del bombardeo de los Fokker. Poco a poco nos vamos olvidando de la guerra y de sus penurias, de los constabularios y marines. Para algo ha servido la iglesia y la religión. En febrero de 1934, durante la instalación del motor de luz eléctrica en la plaza, fue cuando supimos que el general Sandino había sido asesinado en el campo de Marte, en Managua, y que la gente de la cooperativa de Wiwilí había sido exterminada por la guardia de Anastasio Somoza. ¿La tragedia volvía a comenzar o continuaba?. Llamenlo como quieran
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