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Por el aviso que me mandó fue que me presenté a su casa de la calle del Portal. Lleno de miedo, porque la información acerca de los fusiles era cierta. Pero también asustado, ya que estaba jugando con candela brava. Esos jodidos constabularios eran más malos que mandinga y si el maldito juez se enteraba de lo que yo presentía que iba a ocurrir, estaba frito. Apenas toqué la puerta me dejó pasar. ! Tu eres loco ¡ Me gritó con una familiaridad de toda la vida, como si fuésemos novios. Pero, ya bajando la voz, siguió con la cantaleta. " Mi marido te tiene anotado en una lista que le va a pasar a los constabularios. Alguien dijo que fuistes tú el que escondió los coscones en la hacienda. Si te quedas aquí, solamente tienes dias de vida" Fue lo último que susurró antes de acercarse y pegarse a mi. De nuevo percibí aquella excitación total que había vivido la noche del parque. Experimente su apretón tenaz en mi sexo. Sentí su lengua buscando la mía. Se apartó con una sensasión de triunfo en su rostro y miré atónito como el vestido, lo único que tenía puesto, caía al piso dejando observar toda esa bella desnudez. En mi desesperación, solamente tuve tiempo de bajarme el pantalón hasta las rodillas, antes de sentarme, atarantado, en la silla de cuero y hundirle el miembro hasta los cimientos. Parecía una loca con esos bellos ojos desorbitados. Me apretó por los hombros hasta romperme y me arañó la espalda, hasta que un temblor de ciénaga le recorrió el cuerpo y sentí la palpitación de su sexo, tragándome, chupándome. "Esta hembra tiene furor en la cuchara", pensé. Viéndola así, encajada en mi, no pude dejar de imaginar los trabajos que pasaría el cabrón del viejo Olivas con ella. Trataba de pensar en los fusiles, en el vejete. Todo para no irme, pero no pude. Allí venía como un torrente la descarga de la acabada. El chicken dust, el polvo del gallo como decían las putas del pueblo de los apurados marines. Después con las rodillas temblorosas, me acomodé el pantalón y me vi lleno de sangre. "No te preocupes, mi amor". Me dijo. "No te vas a quedar estéril. Es solo sangre de regla" "Vete lo más rápido posible y cuando regreses, que no sea ni viejo ni muerto" Esa fue la última vez que vimos a Miguel Angel en la hacienda. Ya no lo veríamos más hasta la emboscada del Rapador. Al otro día de tirarse a la María Elena, en la tardecita, cogía el monte para unirse a los guerrilleros de Pedro Altamirano.
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