OCOTAL XIII. RAUL MILANO.
Los esperamos mucho tiempo afincados entre las piedras y el follaje. Erizados de frío por la lluvia y el viento avasallante. Sin queja ni ruido, solamente el producido por el crujir de diente con diente por el miedo y el congelamiento. Pensando en el poco tiempo faltante para la llegada al paseo final de su sendero trágico, bién apertrechados en sus chaquetas militares que les darían el último calor antes de ser nuestras.
Al sonido del canto de los angeles, les saltamos. Nosotros con pánico y ganas, ellos aterrorizados. Fue cruel la degollina. Después los registramos y les encontramos de todo: un pañuelito con olor a perfume de mujer y unos labios femeninos marcados con colorete. El recorte de un periódico donde aparecía el yanqui Babe Ruth con sus sesenta jonrones del año pasado. Una medalla de natación fechada en Marion, Ohio. La foto, de una linda rubia con un traje de baño negro y cintillo blanco a orillas de un pequeño lago encantador al frente de una casa inmensa rodeada por una grama que parecía cortada con tijeras, que decía Delaware, y dale otra vez Ohio. Y cientos de pastillas de quinina que nos repartimos gustosamente.
Esa emboscada se la tendimos en el sitio llamado el Rapador, buscando hacia los lados de San Fernando. Allí nos encontramos con Miguel Angel Ortez que era un diablo manejando el machete. Qué bién habían enseñado a ese muchacho en la hacienda de caña que tenía su papá en Ocotal. Por allá lo veíamos arrastrando la caña cortada para que las bestias la llevaran en las carretas hacia los trapiches. Luego, montado en los grandes pailones lo encontrábamos dirigiendo a los trabajadores, anotando la producción y organizando lo que saldría para la venta.
Nosotros trabajábamos duro, pasando hambre y comiendo poco. Después del jaleo diario, rebuscábamos en los pailones a preparar una raspadura de azúcar que sirviera para endulzarnos el café y un poco la vida en aquellos amargos cañaverales.
Cuando no estaba en la hacienda, Miguel Angel era nuestro condiscípulo en la escuela de la maestra Elena Jarquín. Aunque realmente estudiaba un grado más arriba, le decíamos compa porque nos encontrábamos en el mismo salón, los del grado inferior sentados mirando hacia un lado y los del grado superior de espaldas a nosotros.
Después que la maestra Elena sonaba la campanita, salíamos al patio a comernos la mazorca asada con el pedazo de papelón. Y allí venía lo bueno, porque Miguel Angel buscaba la manera de que anduviéramos peleando, y cuando la cosa se ponía fea, o la maestra se daba cuenta, pegando un grito nos separaba.
Éramos todos unos chavalones en esa época, pero estábamos empezando a ser hombres. Ya sentíamos un cosquilleo en las bolas cuando veíamos pasar a las indias sudorosas cargando manojos de caña y teqleando las caderas. Uno se acercaba para tratar de ver entre los pliegues de la blusa un poco más de aquellas tetas que se adivinaban duras y sudadas.
Todo lo que sabíamos de mujeres nos lo había enseñado Miguel Angel. Él nos decía que era mentira lo de quedar estéril si uno se tiraba a una mujer con la pollera colorá, porque se había singado a la mujer del juez de paz la tarde anterior, después que ella misma lo mandó a llamar para entregarle la notificación de que se presentara ante su marido, pero no en el despacho oficial, sino en la casa, para tratar un asunto referido a los fusiles perdidos, de esos llamados coscones, que los constabularios habían encontrado en la hacienda.
